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Teresita Díaz


Mi nombre es Teresita Díaz, tengo 37 años y como feligresa de la Catedral de San Rafael donde he recibido todos mis sacramentos y participado desde corta edad en distintos grupos de la parroquia y siendo catequista, no puedo callar lo que he visto y oído en estos años, viéndome en la necesidad de compartir mi pequeño testimonio. No he conocido tanto el seminario directamente sino a través de sus frutos, que son los sacerdotes. Sería imposible mencionar la cantidad de seminaristas, diáconos y padres que he visto pasar por Catedral en al menos 30 años, ya que todos me han dejado alguna enseñanza o aporte que me ha servido a lo largo de mi vida. Con algunos he seguido más en contacto, con otros me une la amistad en Cristo, y he compartido momentos de risas y llantos, mates, charlas y confidencias, pero por todos siento una profunda admiración y respeto. De mi patrona Santa Teresita del Niño Jesús, aprendí siempre ese profundo cariño hacia los sacerdotes, los cuales para mí han sido siempre otros Cristo, sin ellos no podría recibir los sacramentos, en especial la Eucaristía o participar de la misa, a veces también han sido Cirineos que me han ayudado a llevar mis cargas, aliviándome con sus consejos, con sus oraciones, con sus visitas, asistiéndome con los sacramentos o con algún responso familiar. He compartido muchos retiros de conversión con ellos y he visto su comportamiento, la preparación y exposición de sus charlas, la coherencia de vida tanto adentro como afuera de un retiro. La atención a cada alma que los necesitaba, dando turnos cuál médicos y buscando el tiempo adecuado para no desatender a ninguna. También los he visto en Semana Santa confesando largas horas sin pararse

hasta haber terminado de confesar a todos, o atendiendo el timbre fuera del horario de secretaría para socorrer a todos, fueran urgencias o no, o bien para acercar algún alimento o plato de comida (que a veces no les sobraba) para compartir con algún necesitado. Los he visto cuidando los detalles de cada misa, atentos hasta de la limpieza del templo. He visto en sus rostros verdaderos padres, hermanos y amigos.

Siempre aspirando a más y apuntando al cielo, en las conversaciones, modo de vestir, representando siempre lo que son, haciéndome sentir en ocasiones de recreo en el cielo por lo elevado de algunas conversaciones o profundidad de sus charlas y sermones. Cuidando los gestos, modales y siendo atentos, ¿Quién no se alegraría con un saludo sacerdotal el día de su cumpleaños o con una visita al hospital al dar a luz a un hijo, con una bendición, una oración de ellos ante un examen importante, un trabajo, o cuando ante la imposibilidad de concurrir a la iglesia nos han traído los sacramentos a casa?, así los he sentido acompañarme en cada momento importante de mi vida como también en lo cotidiano de mis días. También cuando alguna persona que conocía estaba atravesando una situación difícil, siempre mi consejo era: “anda a hablar con un sacerdote”, y ellos siempre dispuestos a cumplir su vocación, organizando sus actividades para poder atender todas sus exigencias. Personas con un profundo amor a la Eucaristía y a la liturgia, alegres, responsables, con sus “esquemitas”, dividiendo su tiempo para la oración, la atención de secretaría, la confesión, la Santa Misa, la visita a los enfermos, los responsos en cocherías, el servicio sacerdotal nocturno, el no improvisar nunca nada, siempre con sus papelitos guardados en la sotana antes de dar un sermón o alguna charla, preparados para todo, estudiosos y con capacitación permanente, muchos sorprendiéndome por la cantidad de idiomas que hablan, además de cantar, tocar un instrumento musical, cocinar, tener pasión por algún deporte, entre otras cosas. Es impactante ver la cantidad de dones que tienen los sacerdotes y que ponen al servicio para evangelizar, ya sea con niños, jóvenes o adultos. El estudio y la piedad, han sido pilares fundamentales que han sabido transmitirme, además del gran amor a la Virgen María y la cantidad de enseñanzas que sería imposible escribir en una hoja.

Otra cosa por la que les estoy siempre agradecida es por la cantidad de tiempo que me han regalado, ya sea cuando era niña, adolescente y ahora como esposa y madre, la posibilidad de charlar con un sacerdote, o sacarse dudas cuando uno lo necesita, cuando estamos ante una dificultad y tenemos que tomar una decisión, cuando estamos en estado de tentación o desolación o atravesando alguna situación difícil, que te brinden palabras de apoyo, un “ánimo”, “todo va a salir bien” o “estoy rezando por vos”, son los salvavidas que nos ayudan a seguir navegando. ¿Quién tiene el lujo de tener charlas espirituales en estos tiempos? para mí han sido oasis celestiales que me sostuvieron en mis peores momentos. Como dijo mi patrona: “¡Cuántas almas llegarían a la santidad si fuesen bien dirigidas…! Sé muy bien que Dios no tiene necesidad de nadie para realizar su obra. Pero así como permite a un hábil jardinero cultivar plantas delicadas y le da para ello los conocimientos necesarios, reservándose para sí la misión de fecundarlas, de la misma manera quiere Jesús ser ayudado en su divino cultivo de las almas.” No tengo dudas de que el seminario es una gran ayuda para tantas almas que viven perdidas en este mundo, y que el contacto con alguno de los sacerdotes las ayudaría a llegar a la Santidad. Al pensar en su posible cierre, no puedo dejar de reflexionar en las generaciones futuras, ¿qué será de nuestros hijos o nietos en unos años, cuándo no puedan acceder a los sacramentos tan fácilmente como hemos podido hacerlo nosotros?.

Finalmente sabemos que Dios tiene la última palabra y si Él lo quiere no se cerrará, pero de lo que estoy segura es de que la obra de este seminario no morirá nunca, ya que vivirá para siempre y por todo el mundo, en cada lugar que se encuentre un sacerdote o un seminarista salido de ahí.


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