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Rocío Anahí Segura


Estimados en Cristo y María.

Mi nombre es Rocío Anahí Segura. Soy de San Rafael, Mendoza, Argentina. Nací hace casi veinticinco años, por gracia de Dios, en una familia cristiana. Mis padres eran practicantes desde hacía poco tiempo.

Desde temprana edad asistí, por puro don, a un grupo parroquial de la Catedral y recibí los sacramentos de manos de sacerdotes diocesanos.

Mi infancia fue feliz y mi adolescencia también, gracias a la misericordia de Nuestro Señor que me permitió vivir preciosos años de amistades, salidas recreativas, campamentos, misiones y juntadas, en esa etapa tan compleja en la vida de una persona.

Con veinticuatro años, miro para atrás y no puedo ver más que un jardín exquisito poblado de dones gratuitos de Dios en mi vida. Y como es de gente bien nacida agradecer los beneficios que recibe, sería faltar a la verdad no decir de quién se valió Nuestro Señor para ello: los sacerdotes que estuvieron presentes desde mi bautismo hasta mi última confesión; y por supuesto, la cuna de donde tomaron ellos el exquisito néctar de la fe y del amor a Dios que han ido dejando en nuestros corazones: el seminario Diocesano.

Confieso que pasé muchos años sin conocer el inmenso bien que recibí sin ningún tipo de mérito al nacer en este lugar donde tenemos un semillero de vocaciones, pero de un tiempo a la fecha se ha ido ahondando el gozo y la paz de poder tenerlo.

Es un consuelo al alma en estas épocas duras por las que transitamos, saber que aunque el mundo se desmorone a nuestro alrededor y vengan pruebas duras, hay algo que nunca nos va a faltar: sacerdotes, la Santa Misa diaria y la confesión.

Luego de visitar muchas regiones de nuestro país, pude experimentar la soledad que se siente al no encontrar las puertas abiertas de una Iglesia por falta de sacerdote; o de no poder recurrir a los auxilios de un buen consejo, de una Comunión diaria o de una Confesión, por la falta de ellos.

Este mismo sentimiento se hizo patente durante estos meses en que ha durado el aislamiento. Jamás sentí en mi diócesis la soledad que sentí en otros lugares, hasta estos meses en que quedaron prohibidas las Misas y en los que solo podíamos verla por medios tecnológicos. Pero una esperanza brillaba en el fondo de la desolación: saber que aunque no pudiera asistir a Misa, había alguien que asistía y me hacía presente con sus intenciones. Ese alguien eran los sacerdotes que día a día en la soledad de sus parroquias y capillas elevaban al cielo las intenciones de cada uno de los fieles.

Han sido meses muy duros para todos: se nos prohibió caminar libremente por las calles, comprar, y a veces, en algunos casos, trabajar. No podíamos ni podemos hacer visitas a familiares y amigos; muchos han perdido su trabajo y padecen sufrimientos por la inestabilidad del mañana; otros han tenido que sufrir la muerte seres queridos y la prohibición de un velorio digno; padecen algunos la ausencia desde hace casi medio año de hijos, padres, hermanos, novios y novias al encontrarse en otras provincias. Males que causan tristeza y congoja.

A todos estos males que nos aquejan, se suma uno que desgarró nuestro corazón y debilitó nuestras fuerzas ya cansadas: el tristísimo cierre del semillero de esperanza llamado Seminario Diocesano. A la enorme cruz de ver cómo ha caído nuestra Argentina, se suma otra mucho más grande aún: ver desmoronarse poco a poco la firme esperanza de tener con nosotros todos los días la renovación del Sacrificio del Santísimo en un altar.

No es exageración. Es una realidad: sin sacerdotes no puede haber sacramentos. Dejen a un pueblo veinte años sin sacerdote y se convertirán en bestias, decía el Santo Cura de Ars. ¿Qué panorama alentador pueden tener las madres cuyos hijos están recién comenzando a vivir? ¿Qué panorama alegre podemos tener las que queremos serlo en algún momento si es la voluntad de Dios? ¿Y qué decir de las madres que con mucho sacrificio han entregado a sus hijos a la Iglesia? ¿Qué decir de esos hijos, que siendo jóvenes, renunciaron a todos los bienes lícitos que se pueden poseer, para entregarse completamente al servicio de las cosas sagradas? ¿Qué decirles a ellos que deben emigrar a otro lugar para continuar con su formación?

Sé que hay males que padecemos a causa de nosotros mismos, y que hay gracias que uno no recibe simplemente porque no las pide. Hoy hay todo un pueblo de rodillas que acude al corazón de quienes Dios ha puesto como padres, como pastores, pidiendo que sean consuelo en estos momentos de aflicción.

¿Es posible que con la gran ausencia de sacerdotes en el mundo y con la falta de fe y de amor a Dios que hay en nuestra sociedad, se cierre un seminario con cuarenta seminaristas que se preparaban para ser otros Cristos en la tierra?

Solo me resta pedir a nuestros pastores de nuestra amada Madre la Iglesia, que siempre ha sido refugio de los que sufren, que por amor a Dios, revean esta tristísima decisión. Solo Dios que conoce los más profundos rincones de los corazones sabe el dolor que padecemos.

En Cristo Jesús y María Santísima.

Rocío Anahí Segura


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