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Pablo Gaete



Soy Pablo Gaete, tengo 31 años, soy nacido y criado en General Alvear, Mendoza. Toda mi vida, por algún motivo u otro, he estado ligado al Seminario Diocesano de San Rafael. Doy gracias a Dios por su misericordia. El Señor Jesús siempre me ha abrazado y cuidado a través de sus sacerdotes, especialmente a través de los sacerdotes diocesanos del Sur de Mendoza y de los sacerdotes de FASTA. Quiero dar testimonio de 2 cuestiones fundamentales: primero, de todas las gracias recibidas a través del Seminario Diocesano de San Rafael y; segundo, dar los motivos por los que considero que debe seguir funcionando. Respecto al tema de las gracias recibidas, sólo describiré las más importantes. Creo que la más importante es haber formado como sacerdote a mi hermano Neri. Su vocación marcó mucho a toda mi familia de origen. El llamado que Dios le hizo y su respuesta fiel ha sido la base de la fe de nuestra familia. En el Seminario, mi hermano aprendió a configurarse con Cristo Sacerdote, a abrazar la cruz y a entregarse en las pequeñas cosas siempre. En segundo lugar, siempre pude experimentar la misericordia de Dios a través de las confesiones de los sacerdotes de la Diócesis. Nunca tuve inconvenientes en las confesiones, siempre encontré una palabra de aliento y un consejo amable. Cada vez que necesitaba confesarme había un sacerdote dispuesto a atenderme, no importaba la hora ni el lugar. Especialmente, quiero agradecer al padre Ramón Saso, al padre Alejandro Casado y al padre José Andujar, quienes siempre han tenido misericordia para acompañarme. Tercero, recuerdo el entierro de mi papá Oscar. Su muerte nos agarró de improviso y nos partió en 2. Yo acababa de realizar unos ejercicios espirituales ignacianos en la localidad de Bowen. Esto fue vital para poder sostenerme. Cuando me avisaron de su deceso me encontraba en Misa en la parroquia San José. Mi primo nos fue a buscar ahí y nos contó la noticia. Luego se sucedió el velorio y de ahí nos dirigimos al cementerio. Cuando estaban por ingresar el cajón al nicho, se dio el momento de mayor dolor y desesperación. Todo estaba oscuro adentro mío. Y, de repente, se asomó un rayo de luz. Veo que empiezan a bajarse muchas sotanas negras de una camioneta blanca. Habían llegado los compañeros del Neri, los seminaristas de San Rafael. En ese momento, comenzaron a entonar una hermosa canción a la Virgen. Esa dulce melodía me penetró hasta el alma y me llenó de paz. Dejé de llorar y pude seguir adelante con esperanza y confiado en la misericordia de Dios. Tiempo después el padre Ramón Saso me empezó a acompañar espiritualmente. Su continuo seguimiento me ayudó a procesar todo y madurar muchas otras cosas. Durante el tiempo que mi hermano fue formador en el Seminario pude visitarlo regularmente (1 vez por mes aproximadamente). En ese tiempo pude disfrutar la excelente compañía de los seminaristas y padres formadores y de toda su hospitalidad. Allí pudimos junto a mi esposa Anita compartir los domingos de visita, ya que ella tiene un hermano seminarista. Es más, en un día de visita y con la complicidad del padre Neri, pudimos anunciar para ambas familias el compromiso de nuestro matrimonio. Son innumerables las gracias recibidas. Doy gracias a Dios por las confesiones, las Santas Misas, las charlas, los almuerzos, los partidos de fútbol, los amigos, los padres que me dió a través del Seminario Diocesano de San Rafael y un largo etcétera. El Seminario “Santa María, madre de Dios” debe seguir funcionando. Se trata de un lugar tocado por Dios. Allí se forma a sacerdotes con excelencia humana y teológica. Tiene excelentes formadores (testimonios de santa vida sacerdotal). Allí se vive un clima de alegría y amistad. Cada liturgia celebrada te acerca un poquito más a Dios. Allí se vive conforme a la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Allí se adora y ama la Eucaristía. Allí se ayuda a los pobres. Allí se escucha a todos y se aconseja a los que lo necesitan. Allí se forma a varones viriles. Allí se enseñan los Padres de la Iglesia y a Santo Tomás de Aquino. Allí se enseña a respetar a la autoridad. Allí se aprende a amar a la Patria y a servirla desde lo espiritual. Cada rincón está cuidado con dedicación y sobriedad.

Allí se enseña a vivir las promesas de pobreza, castidad y obediencia. Allí se enseña a amar a la Iglesia y a Cristo, incluso hasta el martirio. Allí se enseña a integrar la fe con la razón. Allí se forma el intelecto y el corazón. Allí se enseña a leer, meditar y amar las Sagradas Escrituras. Allí se enseña la vida de los santos y la importancia de imitarlos. Y la lista seguiría. Lo que escribo es sumamente sincero y verídico. Solo estoy dando cuenta de lo que yo vi y escuché en ese lugar. Por supuesto que tiene cosas para mejorar. Todos somos humanos y pecadores. Quienes habitan el Seminario Diocesano no son la excepción. Siempre es bueno examinarse y realizar autocrítica. Sin lugar a dudas, muchos laicos y sacerdotes de la diócesis tenemos que crecer en muchos ámbitos. Tenemos que crecer en amor a la Iglesia y al Obispo. Tenemos que crecer en saber aceptar y convivir en la diversidad de carismas y modos legítimos que la Iglesia posee. Tenemos que crecer en amor a la Eucaristía y a los hermanos. Y la lista podría seguir. No obstante, creo que las luces superan ampliamente a las sombras. El Seminario debe seguir funcionando. Ojalá todos los testimonios que están apareciendo sirvan para dar cuenta del hermoso árbol que hoy se quiere cortar. Dios quiera que no suceda. Rezamos y ofrecemos sacrificios por la Unidad de la Iglesia, por el Papa, por el Obispo, por los sacerdotes, por los seminaristas y por todos los fieles católicos. Dios quiera que estos problemas internos de la Iglesia terminen de una vez y podamos seguir evangelizando el mundo que tiene sed de Dios. Dios quiera que podamos dar ante el mundo un testimonio de amor y unidad. Que todo lo que hagamos sea para mayor Gloria de Dios y bien de todos nuestros hermanos. Así sea.


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