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Martín Marchetti | ex-seminarista


San Rafael, 21 de setiembre de 2020

Porque es de Buen Hijo ser agradecido, es que me encuentro dando mi testimonio, no porque lo considere necesario o de un gran valor para alguien sino, porque como dice el Evangelio, encontré aquella perla perdida, un gran tesoro y no puedo, no quiero y no debo dejarlo escondido, más aún considerando que fuí Seminarista Diocesano durante 8 años.

Tuve la inmensa dicha de ingresar en el Seminario Menor Diocesano en el año 2.000, año del Jubileo. Ahí, junto a 19 compañeros, alguno de ellos ya Sacerdotes de Cristo, comenzó mi vida de Bienes espirituales. Tuvimos a un Padre con tres facetas distintas; un Padre Jorge “Pato” Gómez con su creatividad, sencillez y con ese deseo ardiente de Santidad que contagia; un Padre Fernando Martínez, con un amor exquisito, profundo y concreto a la Dulce Madre, con un carácter que matizaba la rectitud con el amor paternal; y un Padre Rubén Musato, recién ordenado Sacerdote, con toda una carga de conocimientos prácticos que iban desde desarmar el motor de su auto hasta crear el Cirio Pascual o guiar un proyecto de las feria de ciencias; la persona justa para acompañarnos en esta etapa de curiosidad y anhelo de aprender todo.

Todos ellos hijos del Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios; y el mismo Seminario Menor es una rama que brota del tronco del árbol frondoso plantado por Monseñor León Kruk y sostenido por el querido Padre Alberto E.

Ya, a esta altura, calculen la cantidad de Gracias recibidas por cada uno de nosotros, sin contar lo que significó el acercamiento de cada familia a la vida de la Fe y de la Gracia. Sin contar la inyección de vida que fue la llegada del Seminario al colegio Sotero Arizu de Villa Atuel. Los Sacerdotes todo el tiempo disponible, los recreos Eucarísticos y tantos jóvenes que se acercaron a la dirección espiritual.

Ya, en el Seminario Mayor, me encontré con nuevos tesoros espirituales y verdaderos padres. Cada uno con su genialidad y sus Dones espirituales. Donde se vive la vida de la Gracia a pleno, con el rezo del Rosario cada día, la Liturgia de las horas, la Santa Misa diaria, que siempre, siempre, es solemne; con todos los detalles cuidados, un cuidado que surge del amor, una liturgia que es fruto de la Fe y el conocimiento de saber ante el misterio que nos encontramos.

En mis años de seminarista, jamás noté o vi nada, absolutamente nada contrario a la Fe y las costumbres, a la Doctrina o el Magisterio de la Madre Iglesia, jamás vimos ni siquiera un asomo de desobediencia o la más mínima falta de respeto o descuido hacia la figura del Obispo, jamás nada de nada. Lo que si vi fue un ardiente deseo de santidad, el celo por el cuidado de la Liturgia, siempre siguiendo las enseñanzas y los documentos que llegan desde Roma. Vi el amor profundo y concreto hacia Jesús Eucaristía, un amor que se traduce en el estudio, en el trato de caridad, en la preparación de la catequesis y cada apostolado; vi el amor a nuestra Madre, como a Reina y Señora, un amor que lleva a la búsqueda de la santidad en el día a día, en cada retiro de mes y en cada adoración Eucarística nocturna, en el silencio de la noche, pidiendo por tantas almas encomendadas a éstas oraciones, de rodillas ante el Señor pidiendo por aún por esas almas que les serán encomendadas algún día.

Pero por sobre todas las cosas, vi frutos concretos, frutos de un árbol plantado en tierra fértil, abonado en primer lugar por la oración insistente de un León, que dormía sobre diarios suplicando por esta obra humano/divina, que es el Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, un árbol abonado por la vida virtuosa de tantos Sacerdotes fieles, y jóvenes varones que hicieran aquella gesta de unir el Paraná a Los Andes; un árbol que a pesar de los envistes de enemigos de toda clase, no dejó ni ha de dejar de dar frutos; vi a muchas madres, ofreciendo el tremendo sacrificio de entregar a Dios a sus hijos, que en todos los casos es el hijo más preciado, porque es aquél al que Dios llamó y preparó desde el vientre materno.

Y por último, después de 8 años y cuatro meses, en los que tuve la Gracia, la inmensa Gracias de vivir en Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, crecer, formarme y caminar con paso seguro hacia la santidad, tengo la certeza de que ésta obra se continúa en cada familia, en cada hogar que de alguna u otra manera se vió vinculada al Seminario. Tanto en aquellos que hicieron allí su catequesis o vivieron la Adoración Solemne de los Domingos con el canto de la oración de Vísperas o aquellos que en la Diócesis o en algún lugar del país recibieron la visita de un seminarista misionero.

Ésta obra se continúa, a través de los años, en cada uno de los que fuimos seminaristas y hoy seguimos en contacto. Cada uno encontró una compañera de camino que coronó esa obra del Seminario, generando un Nuevo Árbol, una nueva familia con un florecer de más vida; un nuevo árbol con más frutos, con sus hijos mirando al cielo, y porque no, esperando Dios quiera elegir a uno de ellos para llamarlos a la Vida Consagrada.

Cada familia, y lo digo con pleno conocimiento, continúa la obra de nuestro Seminario, dando frutos concretos con sus apostolados. Desde Paraná a Bariloche, de Malargüe a Buenos Aires, cada uno tomó un apostolado concreto y es una familia distinta, una familia especial en su comunidad. Algunos dedicados a la educación en las más diversas áreas, otros dedicados a la música, al estudio, al labor del campo, tareas artesanales o al comercio con un modo cristiano, pero todos con un común denominador: varones agradecidos por tantos e inmensos Dones recibidos, que no dejan pasar un día sin recordar una anécdota o dar gracias a Dios por esta Gracia del llamado.

Porque si hay algo que entendí, con el paso de los años, es que el Señor te llama, a dejar todo y echar las redes como a Pedro y te dá el tremendo Don del Sacerdocio; pero también te llama como a Zaqueo, a bajar del árbol y servirle en tu casa y en tu familia.

Después de recibir tanto en el Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios , como Iglesia doméstica, con 10 años de Matrimonio y 4 hijos, continuamos aquella obra de Dios que no dejará de dar más y más frutos.-


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