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María Victoria Poccioni Lizabe


AMDG + Amadísima Iglesia


Mi nombre es María Victoria y soy una joven de Mendoza, Argentina. Recién me pongo a escribir porque todo lo que ha ido ocurriendo lo iba rumiando y no sabía si expresarlo.


El Seminario "Santa María Madre de Dios" de San Rafael es una gracia, un don. Y esto, como muchos saben, es para la diócesis pero también para nuestra Patria y toda la Iglesia. En mi caso particular y mirando hacia atrás es increíble la misteriosa obra de la Providencia. Impresiona ver cómo va tejiendo profundamente sin que nos demos cuenta disponiendo todo con tanto Amor y Sabiduría. Mi testimonio es bastante simple pero lleno de gracias como el de tantos. He llegado a tener un gran cariño por el seminario a través de mi papá, mis amigos y los sacerdotes amigos de allí.


Mi papá es de San Rafael y desde chiquita viajábamos seguido a visitar a la familia. Aprendí a querer el lugar por los abuelos y siempre tiene algo especial hasta el día de hoy. A medida que fui creciendo siempre hubieron sacerdotes del Seminario que fueron acompañando al grupo de amigos. ¡La gracia increíble que recibimos de tantos campamentos, retiros, congresos, misiones y otras actividades solo Dios sabe! Nosotros disfrutábamos a pleno cada actividad y todas ellas nos iban forjando plenamente como hombres y cristianos e introduciendo más en el Misterio insondable de Cristo.


Por unos amigos fui conociendo más el Seminario y a lo largo de los años esas amistades hicieron que uno lo quiera y se duela con el mismo. Uno se alegra y sufre lo mismo que el amigo. Desde que empezó a nublarse la situación me acuerdo patente dos cosas que hasta el día de hoy me asombra su misteriosa realidad. En primer lugar, la pintura de la escena de los apóstoles en la barca con Cristo dormido en medio de la tormenta. Y, en segundo lugar, la frase de San Pablo a los Romanos: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman”. ¡Que tremendo, difícil y consolador misterio! Creo que hace mucho bien detenerse a meditarlo y más cuando la barca se mueve y uno se empieza a empapar y tragar agua salada. Porque es fácil y difícil. A la Iglesia se la mira con fe o no se la mira. Y eso incluye tragos amargos y dolores profundos. San Agustín tiene un sermón sobre esta escena de Cristo que es muy oportuna y en una de sus líneas dice así: “Mas, cuando subió a la barca, eliminó de sus corazones la duda del espíritu, pues corría más peligro su espíritu por la duda que su cuerpo por las olas.”


Tiempos difíciles sin duda, aunque siempre lo han sido. Basta estudiar un poco historia de la Iglesia y vamos a conocer el misterio del mal que ronda alrededor e incluso bien adentrado. Veremos cómo los santos sufrieron en silencio y batallaron en sus propias miserias ofreciéndose y purificando nuestra amada Iglesia. Una vez un sacerdote dijo que teníamos que ser mártires de la esperanza. Y eso se me grabó profundamente. No hay que desesperarse ante el mal y tampoco querer cauterizar a toda costa la herida porque el costado abierto de Cristo está abierto hasta el final. Y esto es así por Su decisión, y nosotros por fuerzas humanas no podemos cambiarlo. Dios es el que obra. Sin embargo, esto no quiere decir hacer como si nada sucediera; más bien, lo que quiero destacar, es que hay que aprender a sufrir en silencio. ¡Y si que duele! La batalla es más profunda de lo que creemos, pero no hay que perder la esperanza. Cristo ya venció, Él está en la Barca y sostiene realmente a su Esposa hoy mismo. No nos olvidemos que la Iglesia es santa y preciosa. Sí, en este instante, aunque cueste verla. Tratemos de mirarla con profundo amor y limpiar un poco su rostro golpeado y desfigurado. Ella es nuestra Madre y debemos ser fieles en el Amor. Se nos pide tener alma grande y ser valientes ante la oscuridad presente, es arduo pero gozoso porque Él es fiel y no abandona. Esa es la realidad que nos toca. No perdamos de vista el fin, adentrémonos en el misterio y confiados pidamos sin cesar el don de la fe, esperanza y caridad. Y no olvidemos con San Pablo que “ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”. (Rm 14,7)


En Cristo, muerto y resucitado. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.


María Victoria Poccioni Lizabe


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