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María Lorena Campi - nieta de Antonio Campi (donante de la casona de Calle Tirasso)


La idea primera de este relato era servir de testimonio acerca de la fundación del Seminario Santa María Madre de Dios, y la verdad es que ha terminado siendo, además, un descubrimiento precioso para mí misma. Como cuando uno descubre un gesto amable en alguien inesperadamente, o un trozo de postre cuando creías que se había acabado, por poner un ejemplo más espontáneo. He encontrado un pequeño tesoro familiar y quiero compartirlo. Quiero que se sepa lo que significó la donación de la casona de la calle Tirasso que sirvió de semillero vocacional todos estos años, y que ahora, sin razón alguna, está a punto de morir despóticamente. Unos años antes de fallecer, mi abuelo paterno, Alfredo Campi, contestaba así a una entrevista que le hacían acerca de la vida de su padre, Antonio Campi, por ser uno de los pioneros de nuestra ciudad: – ¿Recuerda alguna de las obras realizadas por su padre? – Fueron muchas, pero le citaré solo una: donó el terreno en que hoy existe una escuela para el estudio de la carrera eclesiástica. – ¿Un seminario? – Así es. – ¿Dónde está situado? – En la calle Tirasso…

Llama la atención que, entre tantas obras realizadas por él, mi abuelo insista en ésta, la que nos atañe. Es que para mi abuelo (que es quien de hecho lleva a cabo la donación) y sus padres (quienes tuvieron la intención), fue algo muy significativo y deseado.

Mi bisabuela Pierina Bianco de Campi, esposa de Antonio Campi y madre de mi abuelo, insistía en querer donar el chalet de la Tirasso para que se funde un seminario, “para que haya un seminario en San Rafael”. Mi abuelo toma las riendas del asunto y junto a Monseñor León Kruk, bajo su bendición, realiza la donación del lugar en nombre de sus padres (ya fallecidos), dejando siempre en claro que eran ellos quienes en verdad debían recibir el mérito, por llamarlo de algún modo, pues jamás pretendieron ningún tipo de satisfacción al respecto. De hecho, mi abuelo, huía de cualquier tipo de reconocimiento y hasta llegaba a ponerse fuertemente incómodo si eso sucedía, como una vez al término de una Misa dominical en la Catedral, cuando el Padre Ernesto De Miguel le agradeció en público haber realizado dicha donación.

Corría la década de los ’80. Mi abuelo, padre de 10 hijos, varón trabajador, atravesaba una dura crisis económica. Hago notar esto, para que conste que no fue una donación de algo “que se tenía de sobra”, “que se hizo por interés”, o alguna otra excusa que se elija. Es más, hubo discusiones internas en la familia, pues mi abuelo tuvo que enfrentarse a la negación por parte de sus cuñados, de “deshacerse” de tal propiedad; pero él se mantuvo siempre firme. Esto es muy laudable también. Prefirió enfrentarse a sus hermanas y cuñados, incluso prefirió que “le pongan abogados si así lo deseaban”.

Mi querida abuela Nina, Antonia Mora, esposa de Alfredo claro, apoyó a su marido en todo momento y no opuso ningún interés de tipo familiar (podría haberle dicho “no dones nada, evitá peleas familiares”), ni económico, ¡menos! (podría haber insistido “¡vendé! no lo dones”). Todo lo contrario; siempre feliz con la idea de un seminario para nuestro San Rafael. Y claramente agradecida a Dios de poder servir de instrumento, pues ambos eran profundamente piadosos y fieles servidores de la Iglesia de Cristo.

En una ocasión, Monseñor León Kruk se dirigió a mi abuelo en estos términos: “usted Alfredo es un segundo Cireneo que le ayuda a Cristo a llevar su Cruz”, haciendo alusión a la pronta fundación del semillero de apóstoles; de dónde florecerían otros cristos dispensadores de los sacramentos, sacerdotes que ofrecerían a Dios Padre el Santo Sacrificio de Su Hijo por la salvación de las almas.

La intención fue muy clara “un seminario y no otra cosa”, y el acto en concreto implicó un desprendimiento grande, un donativo de algo que se necesita, que sirve, “que no sobra”. Fue un acto precioso de amor a la Iglesia; de amor a Cristo y María, quien presidiría y resguardaría el seminario bajo su advocación. Fue un hecho histórico memorable para San Rafael como ciudad y como porción de la Iglesia entera. Y a la vez fue un hecho pequeño, muy pequeño… pero enorme en sus frutos e implicancia para tantas y tantas almas. Fue un gesto que vino de mi familia, porque Dios así lo quiso, así los inspiró, sólo por eso; pero hoy quería resaltarlo, para mí misma y para todo el que quiera prestar oído.

Quiero resaltar que Dios se vale de nuestros esfuerzos y decisiones, actos o negativas para implantar el Reino, y que otro tanto hace el demonio, claro...

Quiero rescatar este gesto de mis antepasados. Traerlo a la memoria en tiempos en los que se juega la vida del árbol que ellos quisieron plantar junto a Monseñor León Kruk, y ayudaron aportando el terreno para injertarlo y hacerlo crecer. Pues nuestro amado Seminario Diocesano es eso… un frondoso árbol, de grueso tronco y firmes raíces… de verde oscuro y penetrante, que da preciosos y sanos frutos a la Iglesia, a nosotros, pobres peregrinos, hambrientos y cansados, necesitados tanto de sus copiosas ramas para abrigarnos del sol y descansar a su sombra, como de sus ricos frutos que nos sacian de vida eterna.

Benditas las almas que sirvieron de instrumento a Dios para germinar ese sencillo y fuerte árbol. Pobres de nosotros si lo vemos morir.

María Lorena Campi, nieta de Antonio Campi, donante de la casona de la Tirasso…


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