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Juan Gabriel Caceres Velasco


Soy Juan Gabriel Caceres Velasco tengo 25 años y este es mí testimonio:

Hasta los 19 casi 20 años viví una vida totalmente alejada de Cristo y la Iglesia. Era una vida vacía y muy triste para qué mentir, vivía entre vicios y desarreglos y no una sino muchas veces deteste todo lo que se relacionara con Dios, la Virgen, la Iglesia, sacerdotes y en si todo lo que se relacionara con el catolicismo.

Muchas fueron las veces que toqué fondo, tuve una adolescencia muy desordenada y volcada en todo tipo de vicios que dejaron una gran huella. En un etapa de esos años tuve problemas de sentirme muy asqueado de la vida, de solo respirar tristeza y sin sentido, y se hizo muy difícil continuar, y en medio de todo ese caos recuerdo un sacerdote del colegio donde fui que me invitaba a tomar café o algún te y charlar un poco. Siempre recuerdo esas charlas parece que fueran ayer, lo que más me llamaba la atención de esos encuentros era la alegría de ese sacerdote, el ver que no me juzgaba a pesar de mi mala conducta, el ver que no me marcaba todo lo malo que tenía (yo ya lo sabía y lo detestaba), pero no bastó para que me convirtiera en ese momento.

Estuve en un difícil situación luego del colegio y el vacío seguía creciendo al igual que los problemas en mi vida. Cuando parecía que tenía todo, mundanamente todo, me sentía más triste y hundido que nunca hasta que un día desperté con la simple idea de que debía ir a la Iglesia y confesarme. No sé cómo sucedio solo se que Dios en su infinita misericordia me dio la gracia, tal vez algún alma rezó por la conversación de los pecadores y salí favorecido, no lo sé, pero lo cierto fue que fui a la iglesia y me confesé y lo primero que pensé fue: necesito que alguien me ayude, ya que solo volvería al mundo, y solo una persona cruzó por mí mente: aquel sacerdote con el que hablaba en la escuela.

Fue una desición difícil, muy difícil, sabía que si iba a charlar con el sacerdote mi vida tenía que cambiar y todo lo que me gustaba tenía que irse. Finalmente me decidí y fui al seminario dioceano, donde me sentía como un extraño al principio pero luego como aquel que vuelve a la casa paterna, comencé a hablar con el padre y en las sucesivas charlas que tuvimos durante los meses siguientes fui enamorándome de la doctrina Católica, fui viendo cómo Dios nos ama infinitamente y como estaba equivocado y perdido.

Mi vida luego de todo esto dio un giro radical, empecé a soltar aquello que me iba atando, todo aquello que me alejaba de Dios. En pocas palabras Dios me colocó el traje del hombre nuevo del que habla San Pablo y empecé a sentir que debía darme, que tenía que devolver tantos bienes recibidos.

Actualmente estoy terminando un profesorado y tengo la gracia de trabajar en aquel colegio que tanto me dio, aunque en su momento no lo vi, también estoy en la Acción Católica y estoy muy agradecido por estos pocos años que llevo como católico, años intensos y de constante lucha pero llenos de esa paz y seguridad que solo Dios da.

Quiero terminar resaltando la importancia de los buenos sacerdotes, de como el seminario es escuela de santidad, de como todos los que tenemos la gracia de tener estos buenos sacerdotes tenemos a su vez un amor al santo sacramento del altar y a nuestra santísima Madre la Virgen María, y estamos convencidos de que debemos ser otros Cristo sobre la tierra para que Él reine.

¡Viva Cristo Rey!

AMDG.


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