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Juan Adrián Reche Romo



Oración por mi hermano seminarista. Dirijo esta pequeña carta como modo de Oración a Dios nuestro Padre. Sé Señor que lo que voy a plasmar aquí ya te lo he manifestado, y además tú que conoces el interior de mi corazón no necesitas de estas palabras escritas. Pero siento que es momento de que aporte mi granito de arena. Si bien lo único que tengo es esta oración os la ofrezco, como aquel niño que te ofreció sus cinco panes y dos pescados. Hoy nuestra comunidad está atravesando por momentos de mucho dolor. Dolor que me afecta de manera particular, ya que tengo a mi hermano Humberto, en el seminario de San Rafael. Él es el más pequeño de los tres varones de mi familia. Tú Señor, no llamaste de los tres varones, al que menos le costaba el estudio, para tener un intelectual a tu servicio. Ni al que tenía mayor capacidad de arrastrar jóvenes, para tener un líder a tu servicio. Lo elegiste a él, el más sencillo, el más trabajador, el más alegre. A él, que sabe reírse de sus defectos, sin dejar de trabajar en ellos. Es hermoso recorrer distintos lugares de esta pequeña diócesis y que personas que no conozco me identifiquen como su hermano esbocen una sonrisa, como quien evoca un bello recuerdo en su memoria y me digan: “¡Qué grande el Humberto!”. Sí, elegiste al Humberto, el que sabe con su simpleza dejar en el alma de quienes lo rodean una huella. Mi hermano más pequeño quien siempre recurría a mí, por ser el mayor, para que le ayudara en alguna tarea. Y hoy sin pronunciar palabra siento en mi interior que vuelve y me repite como hacía antes: “Juan, tengo este problema ¿me ayudas?”. Y con un dolor que me atraviesa el alma siento la impotencia de no tener los medios para ayudarle. Hoy después de tantos años de seminario y a tan poco de entregarse enteramente a tu servicio, le cierran el seminario que fue por siete años su casa. Siete años en que su nueva casa, se transformó también en la nuestra. Siete años en que nuestra familia fue incrementándose. La vida le trajo, un cuñado, cuñadas, sobrinos y ahijados. En lugar de que nuestras ocupaciones y preocupaciones nos alejaran, cada tercer domingo de visita se ampliaba nuestra mesa familiar.

Mesa a la que orgullosamente él agasajaba con algún excelente zapallo, melón o sandía frutos de la huertita que Humberto cultivaba en sus ratos libres. No sé si es tu voluntad Señor, que Humberto llegue a ser ordenado sacerdote. Pero lo que me da mucha paz, es que en todo su proceso de formación nunca dejó de ser el mismo alegre, ocurrente y juguetón de siempre. Señor, no quiero que esta oración suene egoísta y pedir en ella solo por mi hermano porque como él hay muchos otros jóvenes con historias diversas, que están sufriendo de forma similar. Como sufre también toda la comunidad que no quiere que el seminario se cierre. Una sanción semejante no viene sin una causa. Por lo tanto, es nuestro deber como cristianos hacer antes un mea culpa y tratar de emendar el o los errores en que se hayan incurrido. Difícil es aquí, porque no se nos ha dado con claridad la causa de esta medida. No sabemos si la falta fue de los sacerdotes, de los seminaristas o de la comunidad en general. Independientemente de ello Señor, permíteme humildemente interceder para que no paguen justos por pecadores. Sé que uno de los temas originarios y que ocasionó mucha controversia fue la obediencia, el alcance de la autoridad, la materia, etc, etc.... Este es un tema largamente debatido y con argumentos a favor y en contra. Señor, si nuestra falta fue la desobediencia, solo os pido misericordia. En primer lugar, porque no han sido todos. Además, aquellos considerados desobedientes actuaron de esa manera porque la práctica obligada iba en contra de una costumbre arraigada en los corazones de los fieles de nuestra comunidad. Práctica que en sí misma, a mi humilde entender, está de acuerdo con los preceptos de nuestra madre iglesia. Sé que desde otros sectores de la Iglesia de Cristo nos ven como rígidos, por mantener vivas tradiciones de la iglesia y que para algunos pueden resultar anticuadas. Señor, tu sabes bien que mantener esas tradiciones, no nos hace rígidos. Sí imponerlas a los demás cuartándoles su libertad de espíritu. Líbranos Señor, de imponer cargas a otros, o juzgar a otros que no las llevan.

Pero permite conservar aquellas tradiciones que no se opongan a tus preceptos y que constituyen parte de nuestra identidad. Ya que la Iglesia de Cristo está llamada a ser una, pero en el respeto a la diversidad de carismas. Y Tú Señor, sabes que los jóvenes que están en el Seminario lo han elegido porque comparten el carisma que en él se vive. Finalmente, me uno al pedido de todos aquellos que ruegan que el seminario siga abierto. Mas no se haga nuestra voluntad, sino tu Santa Voluntad y la de la Santa Madre Iglesia. Amén.


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