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Francisco Ochoa



De mi mayor consideración: Me dirijo a Uds. a fin de testimoniar mi historia en referencia al Seminario Santa María Madre de Dios, de la diócesis de San Rafael, Mendoza, Argentina. Ingresé al Seminario en el año 1986, a dos años de su fundación, junto a otros jóvenes provenientes de distintos puntos del país. Personalmente, fui atraído por el modelo sacerdotal que allí encontré: sacerdotes y seminaristas entregados a la cura de almas, alegres, joviales, “rezadores”, humildes, que vivían la caridad y la pobreza, que no escondían ni disfrazaban su condición de curas. Al ingresar, pude constatar este modelo personalmente: pertenezco a la generación de seminaristas apodados “los sotanudos”, no por usar el hábito eclesiástico (cosa que empezamos a hacer a poco tiempo de ingresar, luego de una hermosa ceremonia en la Catedral donde el entonces Obispo de la diócesis, Mons. León Kruk, nos impuso la sotana), sino por tener nuestra habitación en el sótano de la antigua casa donde comenzó a funcionar el seminario. Durante dos años vivimos hacinados en el sótano, dormimos en cuchetas apretujadas (tal es así que el que dormía en la parte superior con sus manos tocaba el techo o las cuchetas ubicadas a izquierda y derecha). También recibíamos clases amontonados, comíamos en las aulas donde minutos antes habíamos recibido clases, jugábamos al fútbol en una canchita rústica, de tierra, con un viejo balón, nos calefaccionábamos con estufas a leña alimentadas con carozos de duraznos. A veces los pequeños calefones a leña no bastaban para que todos nos bañáramos con agua caliente, y había que hacerlo con agua fría. Nos sentábamos en sillas de totora (paja entretejida) y a veces había que estudiar en las aulas o al aire libre, pues no había lugar para escritorios personales. Recuerdo que dos veces al mes comíamos un guiso al que llamábamos “apeiron”, en alusión al término acuñado por Anaximandro, ya que el mismo estaba hecho con los restos de legumbres y granos que habían sobrado en la preparación de las comidas de la semana. Todos estos padecimientos y limitaciones los vivíamos con alegría, y hasta los “disfrutábamos” con sentido del humor, aprovechando cada incomodidad para templar el cuerpo y el alma a imitación de Jesucristo. Pero lo más alentador y aleccionador de todo esto era que todos los sacerdotes formadores compartían las mismas limitaciones e incomodidades. Recuerdo golpear la puerta de la habitación de los curas y comprobar que vivían la pobreza extrema, el escritorio con silla de totora e iluminado con una pequeña lámpara “casera”, la cama estrecha, con apenas algún cobertor y a veces sin colchón, ningún lujo ni privilegio. Nuestros formadores, incluyendo al Rector, comían con nosotros, vivían del mismo modo, tenían las mismas limitaciones. Y siempre estudiando, perfeccionándose hasta altas horas de la noche para brindarnos todo el saber bimilenario de la Iglesia, el tesoro de la cultura cristiana y grecolatina, la filosofía y la teología enseñada por los grandes maestros de la doctrina católica, la patrística y el magisterio de la Iglesia. Un párrafo aparte merece la espiritualidad, cimentada en una profunda devoción Eucarística (adoración diaria al Santísimo Sacramento), una tierna devoción a la Santísima Virgen y a Jesús crucificado, la oración de la liturgia de las horas, el cuidado en las celebraciones litúrgicas, hechas con la mayor piedad y solemnidad, la formación en los clásicos de espiritualidad (santa Teresa, san Juan de la Cruz, san Juan de Ávila, san Luis María Grignion de Montfort, san Ignacio de Loyola, etc.) y la práctica de las virtudes propias del sacerdote: caridad extrema, celo apostólico, castidad viril, celibato vivido como una ofrenda al Señor, etc. Dejé el cursado del seminario luego de estar más de cinco años, finalizado un largo discernimiento acompañado por mis formadores y compañeros, con los cuales aún me une una profunda amistad. A él le debo todo lo aprendido en virtudes naturales y sobrenaturales, en la doctrina cristiana, en filosofía y humanidades, en teología y espiritualidad. A él le debo hábitos de estudio y enseñanza, y el orgullo de haber recibido, como por ósmosis, el ejemplo de una verdadera paternidad y fidelidad a la Iglesia y la Patria hasta la muerte. Este espíritu es el que aún sobrevive en el seminario: alegría, jovialidad, entusiasmo, estudio, oración, formación y ejercicio de las virtudes. Quien conoce el seminario Santa María Madre de Dios sabe que esto es cierto: no hay intrigas, sino entusiasmo por formarse para servir a Dios y a la Iglesia del mejor modo. Francisco Ochoa


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