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Bruno Vallejo


Soy Bruno Vallejo, tengo 29 años y el testimonio que yo puedo brindar es un testimonio sencillo, común, y en eso -como explicaré más adelante- es justamente donde radica la magia.


Desde niño comencé a asistir a la parroquia San José de San Rafael. Allí concurrí a la Catequesis, tomé los sacramentos y cuando finalicé, a mis 12 años, me dije: "debo seguir adelante".


Mi hermana y una vecina me invitaron al grupo de Legión de María y desde ese momento comencé a tener una participación más activa en la vida de la parroquia y por tanto en la vida de la Iglesia.


Sería muy extenso precisar en estas breves líneas cuánto bien hicieron a mi alma los sacerdotes y seminaristas que pasaron en estos años por la parroquia. La gran mayoría de ellos fueron formados en el Seminario Santa María Madre de Dios.


Todos y cada uno de ellos han sido como un pequeño faro que con su luz ha ido iluminándome para conocer el rostro y el Corazón de Jesús, y han ayudado a que crezca mi amor hacia Él, hacia su Santa Madre y hacia la Iglesia.


Han sido todos ellos quienes con su palabra y con su ejemplo me han enseñado lo que significa amar a Dios y al prójimo, trabajar por el Reinado de Cristo en cada alma y en la sociedad. En definitiva, cada uno de estos santos varones me ha brindado herramientas para la gran obra que quiero hacer de mi vida: llegar al Cielo.


Gracias a esa influencia que ha aportado el Seminario, es que he tenido la gracia de permanecer sirviendo a la Legión de María durante más de 17 años, he asistido a congresos, conferencias, jornadas de apologética, misiones, campamentos, peñas, fogones, innumerables juntadas. Todo por y para Cristo.


Mi historia es una historia corriente; podría ser la historia de cualquier joven de esta Diócesis, y ahí es donde encuentro la magia de esto. ¿En cuántas ciudades, pueblos o regiones los jóvenes tienen la gracia de aprender a amar a Dios y a su Iglesia desde pequeños como algo natural? ¿En cuántos lugares uno puede recurrir a un sacerdote ante una angustia, una tristeza o dificultad y encontrar consuelo? ¿En cuántas diócesis un sacerdote podrá asistir a sus enfermos y acompañarlos a tener una buena muerte? ¿Cuántos jóvenes en el mundo pueden tener como guía a un sacerdote para que lo ayude a llevar una vida apostólica activa al servicio de Cristo?

Todo eso pasa como algo cotidiano en nuestra Diócesis y eso lo debemos al floreciente Seminario que Dios nos regaló.


Me da mucha tristeza saber que en adelante mi historia puede que no sea una historia corriente, pues nuestra Diócesis no será igual. Sin embargo, me queda la tranquilidad y la esperanza de que Dios sabrá sacar fruto abundante de este golpe que se ha asestado al corazón de la Diócesis, el Seminario Santa María Madre de Dios, y que Nuestra Madre sabrá obtener frutos de Santidad, a pesar de las falencias humanas.


Seguiré rezando por la permanencia del Seminario. Y si cierra, rezaré por su reapertura. Soy hijo de la Iglesia y como tal, respeto su decisión, aunque me parezca desacertada e infundada. Como hijo creo que tengo el derecho de obtener respuestas a mis inquietudes y a recibir las razones de peso que justifican la decisión.


Nuestra Madre toque los corazones endurecidos y siga sosteniendo la fe, la esperanza y el amor de este pueblo fiel de su Hijo, que anhela seguir caminando a paso firme hacia el Cielo.


Santa María, Madre de Dios ruega por nuestro Seminario, los seminaristas, sacerdotes, por los laicos, por Monseñor y por el Papa Francisco. Tú sabes qué es lo que cada uno de nosotros necesita. En tus manos nos encomiendo.


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