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Ana Gaete


A través de este testimonio, deseo compartir algunas de las gracias que Dios me ha dado por medio de los sacerdotes formados en el Seminario "Santa María, Madre de Dios", quienes con paciencia me han guiado en momentos cruciales de mi vida. Ellos han dejado huella por su gran celo apostólico, pero también por hermosos y delicados gestos, los cuales han hecho que esta casa de formación sea muy especial para mí. DÓNDE, si no es en el Seminario, el Padre Patricio cultivó la alegría y el entusiasmo que me transmitió durante los años de inocencia, cuando en la catequesis y en la misa dominical dedicada a los niños, nos hablaba con sencillez y nos enseñaba con cariño en la parroquia de Fátima. DÓNDE, el Padre Guillermo se llenó de valentía e ingenio para conducir a un alma adolescente (a través de misiones, campamentos, bailes y olimpiadas parroquiales) a la sana diversión y a las buenas amistades. DÓNDE, los Padres Hernán S. y Hernán G., adquirieron esa sensibilidad exquisita que trataron de inculcarme durante la juventud en Sagrado Corazón; uno a través del cine, el teatro y la literatura; el otro a través de la dirección espiritual y los más acertados consejos durante tiempos de angustia y desolación. DÓNDE, el Padre Miguel, forjó la tenacidad y la constancia necesarias para organizar toda una comunidad parroquial y llevar adelante la fundación de una escuela y la construcción de un gran templo dedicado a San José. DÓNDE, el Padre Carlos, aprendió a conquistar para Dios a diversas comunidades tan ávidas de un pastor comprensivo y comprometido, tanto en el pequeño Alvear como en Cuba. DÓNDE, el Padre Pato, se convirtió en el cura gaucho que iba a celebrarnos la Eucaristía y a confesarnos a cientos de kilómetros en una escuelita albergue en medio de las bardas malargüinas. DÓNDE, el Padre Sebastián, comprendió la necesidad de guiar a las almas en su vida espiritual no sólo individualmente, sino también desde novios y en el matrimonio, acompañando como un verdadero padre a mi esposo y a mí. Y DÓNDE estudiaron también algunos de los recientes formadores, como el Padre Juan Pablo, el Padre Fernando y el Padre Martín, de quienes mi familia y yo siempre hemos recibido palabras de aliento y actitudes de caridad y servicio permanentes. Ellos, y tantos otros admirables sacerdotes, son fruto del SEMINARIO DIOCESANO DE SAN RAFAEL. Ellos son los protagonistas de este testimonio que, aunque personal y subjetivo, forma parte de las vivencias que muchos de los fieles ya han compartido en sus historias. En la actualidad no resido en la Diócesis, pero ella sigue siendo el lugar que elijo para hacer mis ejercicios ignacianos y donde la providencia me permite volver de vez en cuando a visitar a familiares, amigos y sacerdotes. Después de la terrible noticia del "cierre del Seminario", que conmocionó a toda Mendoza, me pregunto: será que estos sacerdotes que tanto bien nos han hecho son producto de una casa de formación que merece ser "clausurada"? En ella, he sido testigo del amor que se profesa a nuestra Madre María y a Jesús Sacramentado, ya que he podido participar de sus misas, adoraciones eucarísticas y de los esperados domingos de visita. Tuve la dicha de conocer más de cerca a curas y seminaristas gracias a que allí se formó como sacerdote y luego fue formador mi hermano, el P. Neri, quien hoy se encuentra estudiando en España para continuar sirviendo a la Santa Madre Iglesia. Por eso, doy fe que en esta gran familia del Seminario se practican cotidianamente virtudes muy bellas pero olvidadas en otros ámbitos, como son la austeridad, la disciplina, la vocación de servicio, la caridad hacia los más pobres, la obediencia, la laboriosidad y muchas otras. Si el árbol se conoce por sus frutos, personalmente creo que no se puede arrancar uno que ha dado y, Dios mediante, seguirá formando tantos sacerdotes de probada virtud. Tengo la esperanza de que, gracias a la intercesión de Monseñor Eduardo María, a quien aprecio y respeto de corazón, el Seminario de San Rafael sea nuevamente ponderado por la Santa Sede como el maravilloso lugar de oración y formación que ha logrado ser a través de estos 36 años y que ha ordenado a más de un centenar de sacerdotes que actualmente sirven a Dios en distintos lugares de nuestra Argentina y del mundo. Querido Papa Francisco, rezo por ti como nos lo has pedido y te suplico que protejas NUESTRO SEMINARIO. Confío en que lo harás porque te hemos dado a conocer sus bondades y nuestras necesidades; no nos dejes desamparados!

Afectuosamente, Ana Gaete.


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