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Agustín Abud



Semillas regadas.

Cuando pienso en un seminario según lo que la Santa Madre Iglesia desea para sus seminarios, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso donde me gustaría que vayan mis hijos a discernir su vocación si reciben el llamado de Dios, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso donde se busca a Dios con intensidad, sin poses, varonilmente, con los afectos orientados a Dios y la Virgen, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso en un lugar donde escuchar las loas más hermosas a la Virgen Santísima, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso en un seminario donde se le da importancia a las virtudes básicas para la convivencia y a pensar en el prójimo de forma constante y en cada detalle, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso donde se puede estudiar la doctrina católica sin aguarla, adulterarla, o insultarla, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso en un seminario donde los formadores te corrijan de frente y paternalmente, buscando la salvación de uno y sin ambigüedades, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Cuando pienso en un seminario donde tus compañeros se transformen más que en amigos, en hermanos, porque es una casa común donde buscamos a Dios todos juntos empujando uno a otro a seguir a Cristo, pienso en el seminario diocesano de San Rafael.

Y pienso en dicho lugar, porque Dios me dio la gracia tan hermosa de ser parte del seminario varios años. De poder discernir mi vocación con total paz y tranquilidad, en un ambiente sano, varonil, colmado de buenos sacerdotes ejemplos de piedad y fortaleza, claridad doctrinal y amor a Dios, la Patria, la Familia, amor filial a la Virgen Santísima. Con la misma paz con la que entré al seminario, salí de él después de un camino de discernimiento. Y eso es gracias a los formadores que me ayudaron a discernir lo que Dios me pedía, y salí pleno, feliz. Y hoy soy padre de familia, orgulloso de haber estado en dicho seminario y agradecido a Dios por toda la eternidad.

En fin tantas cosas hermosas vividas. Convivencias, retiros, charlas de formación, clases, deporte, viajes culturales, actividades eutrapélicas, ordenaciones, apostolados… en todo buscando lo mejor, y ser mejores, porque todo era y es para Dios. Podría escribir un libro con tantas cosas hermosas vividas, pero con esto basta.

Con eso basta para entender cuan devastado se siente uno, cuando piensa que sus hijos no puedan tener la gracia que tuve, si ellos se sienten llamados.

Con esto basta para entender la impotencia y la tristeza que nos da que esto termine así. Dios sabrá regar con la sangre de nuestro querido seminario, las semillas de nuevas vocaciones para la Iglesia y la Patria.

Y volverá a reír la primavera…

Abud Agustín


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